Se supone que debería seguir escribiendo la segunda parte de lo que dejé ayer pero los supuestos no son ahora lo que me apetecen. Hace tiempo que no sigo normas, que simplemente me dejo llevar por mis circunstancias y mis pareceres. Quizás sea esto lo que me lleva cada tarde a escribir gilipolleces que nadie leerá, pero por eso mismo sigo haciéndolo.
Hoy hace uno de esos días que adoro, fuerte viento, cielo nublado, lluvia débil y esporádica... Camino rápido por la calle como si tuviera destino alguno mientras el viento se encarga de despeinarme y nublarme la visibilidad. Sigo caminando abrazada por el aire y rodeada por las flores de azahar que ya han caído de los naranjos. Pierdo la mirada y encuentro a libertad. Es ahora ella la que se encarga de dirigirme, de mostrarme el camino, de evitar que me vuelva a perder...
A la vuelta cojo el bus y como siempre me siento al final del todo, me pongo la música y desaparezco. Otras veces en cambio, me da por contemplar a la manada de desconocidos que me rodean. Muchas personas diferentes, con diferentes problemas y con diferentes vidas, pero con algo en común: la ignorancia de los unos sobre los otros.
Empatia, ¿que sería yo sin ella?. Hace tres años que la conocí y ya forma parte de mi estar. No digo de mi ser porque es algo que quito y pongo según mi antojo y todavía está en periodo de adaptación. Las formas de ser no se pueden evitar, son tan nuestras como nosotros mismos.
Fue la segunda palabra que coloqué en el casillero de virtudes aprendidas, con esto voy a contradecir un poco a Aristóteles... aunque no creo que ahora mismo le importe mucho. La primera fue la sinceridad.
Dejo de filosofar y vuelvo a la realidad, como cuando dejé el colacao por el café, maneras de madurar lo llamó yo.

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